Tax (mucho) a todo dios

Una extraña razón para querer pagar impuestos. O para no pagarlos.

Mi abuelos son de un pueblo muy pequeño en el occidente de Asturias y tenían una vecina que se estaba quedando ciega.

A la mujer, que tenía más años que el sol, no le daba para echarse el colirio, así que que cada día, tres veces, mi abuela iba a echarle las gotas.

Abre el ojo Magdalena...

Con el tiempo Magdalena veía cada vez menos, y no solo mi abuela, sino que otros vecinos le echaban una mano para atender las gallinas, hacer la compra...

Hasta iban a rezar el rosario a su casa.

¿Eran esos vecinos de una especie ultra generosa que ya no frecuenta nuestro planeta?

¿Soy nieto de Maria Teresa de Calcuta?

Pues no.

Lo que hacían los vecinos era satisfacer una de las necesidades más profundas que tiene todo ser humano y que justifica que tú, ahora, pagues impuestos.

¿Impuestos? ¿vas a hablar de impuestos? vaya mierda, ¿no?

Espera.

Tengo la suerte, o la desgracia, porque nunca se sabe, de tener unos ingresos que la mayoría consideraría muy altos. Eso (y un frikismo importante) ha hecho que me interese por saber qué pasa con mi dinero. Antes no tenía ni pasta ni curiosidad.

El hecho es que empecé a hacerme preguntas del estilo: ¿Qué son los impuestos? ¿para qué sirven? ¿son justos? o ¿por qué cojones tengo que darle al Estado un 45% de mi dinero?

Esta última sobre todo.

Las ideas superficiales de los que tienen el altavoz no me convencían. Las habrás escuchado cien veces. Unos, amparándose en la manidísima palabra social, los defienden y los otros se limitan a hablar de menas y paguitas.

–Paguitas.

–Justicia social.

–Paguitas.

–Tax the rich

–Paguitas y menas.

[meter aquí emoji de vómito]

No estaba a gusto eructando estas teorías así que me propuse crearme una opinión clara y bien argumentada sobre los impuestos.

Si tú sí eres de los que les molan estas ideas superficiales, adelante con ellas, pero si te apetece entender un enfoque diferente y mucho más real sobre qué son los impuestos y por qué, o por qué no, está justificado pagarlos, esto te va a gustar.

A un pies negros de Podemos o a la mujer mexicana de Ortega Smith es probable que estas ideas no le emocionen, pero lo mismo a ti sí. O no, no te conozco de nada. Tampoco hay garantías de que te hagan quedar bien con tu cuñado.

Lo que sí te puedo decir es que es un modelo mental que, al menos a mí, espero me ahorre mucho tiempo e, incluso, mucho dinero.

Va gratis, y luego sabrás por qué.

Qué coj**es son los impuestos

Maslow, el de la pirámide, decía que tras las necesidades fisiológicas y de seguridad, o sea poder cagar sin miedo a que te disparen, las necesidades sociales son las más importantes (cagar sin miedo a que te disparen mientras miras los likes).

Esto significa que, te guste o no, y votes a quién votes, en tu ADN existe un deseo irresistible por pertenecer a un grupo y a colaborar con él.

Irresistible significa que no te puedes resistir, que tu madre te parió con eso.

Por eso los vecinos ayudaban a Magdalena y por eso, cuando mi abuelo se murió y mi abuela se quedó sin ganas de vivir, sus vecinos la ayudaban a ella. Sin cobrar.

Esto es así y tú eres así.

Se han definido muchas clasificaciones de una sociedad, pero quizás la más conocida es la que distingue, de menor a mayor tamaño y complejidad, entre banda, tribu, jefatura y Estado.

Quédate con la segunda, tribu, pero sacúdete todas las connotaciones de la palabra. Quizás su definición te ayude:

Conjunto culturalmente homogéneo de familias que mantienen el orden sin una autoridad centralizada.

El pueblo de mis abuelos, y otros muchos, salvo Puerto Hurraco, funcionan como tribus. Conjuntos de familias con nexos culturales que conviven y se ayudan en momentos puntuales (y en el Gran Prix).

Escalando en esa clasificación llegamos al Estado, que es la forma que nosotros conocemos de organización social. A este nivel seguimos siendo un conjunto homogéneo, pero ahora gobernados por una autoridad central.

La esencia, sin embargo, no cambia. Nos seguimos necesitando emocionalmente, seguimos queriendo pertenecer y ayudarnos, pero ahora el tamaño requiere que sea el Estado el que cumpla la función de tribu. O el que debería al menos.

Los impuestos solo son la forma de articular esto y, más allá, tu forma de satisfacer esa necesidad irremediable de pertenecer y ayudar a tu tribu.

Impuestos y likes están más cerca de lo que parece.

Lo mismo ahora entiendes porque la Agencia Tributaria se llama así. O porque se juzga en un Tribunal o se distribuye la riqueza. Del latín tribus.

La idea de tribu es parte de la humanidad. Y si alguien te dice que el número de impuestos ideal es cero, no te lo recomiendo de vecino.

—Oh, qué guays los impuestos, pásame el modelo 103.

No tan rápido, hay un detalle más, y podría empezar a sorprenderte que esto sea gratis.

(En realidad no lo es, pero eso para luego).

Por qué, por suerte para todos, eres un maldito egoísta

El motivo por el que mi abuela iba a echarle las gotas a su vecina Magdalena no era altruismo. Mi abuela no era un ser de luz que se levantaba por las mañanas, levitaba, y pensaba cuál iba a ser su buena acción del día. Tenía mucho que cocinar.

Lo que le empujaba a ir cada día, tres veces, a casa de su vecina era colaborar con la tribu, porque en sus adentros, y sin ser consciente de ello, sabía que la tribu se lo devolvería cuando lo necesitara, como así fue.

Atención, que esto es maravilloso.

Este interés innato y egoísta que termina favoreciendo a los demás es lo que aglutina la tribu, lo que hace que funcione y lo que Adam Smith llamó “la mano invisible”.

Él lo explicó así:

No es la benevolencia del carnicero o del panadero la que los lleva a procurarnos nuestra comida, sino el cuidado que prestan a sus intereses.

Y ya has aprendido más economía que yo en ADE.

Por supuesto, hay mucha complejidad encima, no todo se resume a laissez faire, pero para seguir por ahí ya tendría que cobrarte.

—Entonces, si estoy cableado para querer pagar impuestos, ¿por qué odio profundamente a Hacienda?

Esta es buena.

Vamos con los problemas.

El gran error del Estado que hace que sientas las mismas ganas de pagar impuestos que de pegarte un tiro en la entrepierna

Desde que salí de la carrera (sin haber aprendido nada) me he dedicado a vender. He vendido pisos, hipotecas, árboles de navidad, copas... ahora vendo hasta emails.

Si algo he aprendido, y algo que todo aquel que tenga la mínima idea de ventas y persuasión sabe, es que la gran clave no está en vender, sino en conseguir que el cliente quiera comprar.

Diferencia sutil, pero que hace la diferencia entre profesionales y amateurs, entre los que venden y los que no.

Ignorando que es imposible, los amateurs ponen su esfuerzo en convencer, cuando el único esfuerzo debe ir a despertar en la otra persona la motivación para sacar la tarjeta.

Nadie obligaba a mi abuela a echarle las gotas a su vecina. Ella, desde su motivación interna por pertenecer al grupo, lo hacía por voluntad propia. En su ADN está dar y recibir. Y quizás esto te pueda sonar al sistema de pensiones, que se basa en esta solidaridad.

Pues el Estado, por una serie de motivos que enseguida entenderás, ha conseguido romper nuestra sensación de vinculación con la tribu, ha conseguido que lo veamos como rival, ha querido vender en vez de hacernos querer comprar y ha conseguido que no sintamos la necesidad de dar.

Ha roto la mano invisible.

Así, no le queda otra que usar una de las características que distinguen a una tribu de un Estado, el monopolio de la violencia.

En una tribu, como el pueblo de mis abuelos, o el de los tuyos, si te pasabas cualquier vecino estaba legitimado para darte con la hazada, pero ahora solo hay una entidad autorizada para mantener el orden usando la violencia, el Estado, y la usa para cobrar impuestos.

Por eso los tributos ahora son impuestos.

Baia baia con el Estado.

Hablemos de su ineficiencia.

Por qué el estado es una maldita ruina y debería dejar de molestar. La idea que emocionó a Juan Ramón Rallo

Para entender por qué el Estado es ineficiente por definición, y siempre lo será, primero debes conocer la diferencia entre microcontrolar y macrocontrolar.

Imagínate que vas de vacaciones y en el hotel te dicen que solo puedes entrar a partir de las dos. Tú, conscientemente, calcularás la hora de salida, la ruta, las posibles paradas y luego ejecutarás el proceso. Eso implica subirte al coche, encenderlo, meter marchas, acelerar, frenar...

Lo primero, los grandes números, la estrategia, es el macrocontrol. Lo segundo, manejar el coche, los detalles, es el microcontrol.

Un buen líder marca los objetivos y la estrategia para alcanzarlos y luego delega.

El presidente de un equipo ficha, pero no juega.

Amancio Ortega decide dónde abrir un Zara, pero no coloca la ropa.

Unos macrocontrolan y otros microcontrolan. 

Pues la vida nos ha enseñado que siempre que un macrocontrolador intenta microcontrolar el rendimiento cae. Con Jesús Gil queriendo hacer las alineaciones el Atlético bajó a segunda.

Ahora, además del refrán "zapatero, a tus zapatos", ya entiendes el gran error del Estado.

Al excederse en sus funciones, al legislar donde nadie lo llama, al intentar microcontrolar, deja de cumplir con sus funciones de macrocontrolador y se convierte en un ineficiente devorador de recursos.

Si te sirve de ejemplo, hay un tipo llamado Sergio García Torres al frente de un organismo llamado Dirección General de derecho animal que cobra 5.640€ al mes. El presupuesto total de la broma es de seis millones de euros.

Soy vegano desde hace años, por lo que podrías considerarme animalista, y me parece una aberración, no me quiero imaginar al resto.

Pues hay cientos de bromas como esta.

La labor del Estado, como un tío listo me dijo una vez, debe ser “situar a todos en la casilla de salida, y hasta ahí”, pero al excederse se convierte en una ruina e incumple sus funciones de tribu, que es lo único que se le exige.

Es la paradoja del exceso de intervencionismo, por querer hacerlo tan bien termina haciéndolo fatal. Su buena fe termina pareciendo mala fe. Y la vecina de mi abuela se muere haciendo trámites esperando que alguien le eche las gotas.

Mi abuela ayudaba a su vecina, pero no le decía cómo tenía que hablar, ni cómo pensar. La tribu acude cuando se le necesita. Creo que ya lo entiendes.

El refranero siempre atento, “Quién mucho abarca, poco aprieta”.

Y, ojo, que puede ser peor, hablemos de los funcionarios.

No, mejor, ofendamos a los funcionarios.

Una plaza para toda la vida, y otras formas de acabar con una persona: el drama de los funcionarios.

Como te imaginarás, el intento de microcontrolar hasta cómo hablamos entre nosotros es caro, muy caro, absurdamente caro.

Espero que estés sentado o que al menos el suelo esté mullido, por si te desmayas.

Las cifran nunca dicen mucho, pero para que te hagas una idea en Asturias, mi comunidad, de los cinco mil millones de presupuesto, casi dos mil se van en nóminas de funcionarios, o sea un 37,4%. En la tuya será parecido.

En total, entre administraciones locales, autonómicas y central, el microcontrol del Estado le exige contar con....

...ahora sí, agárrate...

Dos millones, setecientos diez mil cuatro cientos cinco funcionarios.

Te lo pongo en números, por si todavía no has flipado:

2.710.405 funcionarios.

Casi tres millones de personas en nómina. Alucinante es poco.

(No me lo invento yo, lo dice el Estado).

Vale que ahí está el personal sanitario, la joya del Estado, pero no te creas que son tantos. En el pico de la pandemia, cuando te contrataban si habías tomado un café en la facultad de Enfermería, el Sistema de Salud tenía 515.000 trabajadores, un 19% del total.

Aunque los portales de transparencia muy poco transparentes te lo pondrán complicado, a poco que observes verás que la sangría de dinero público es escandalosa.

Si no ya te lo cuenta Jaime Gómez-Obregón, (al que todos los aspirantes a una tribu decente deberíamos pagar).

Yo tuve la suerte, o la desgracia, de vivir el desfalco de primera mano y lo conté aquí, pero que te lo resumo con una anécdota: al director de la oficina de Turespaña en la que trabajé, un mindundi que no sabía apagar el ordenador (esto es literal), lo llevaba el mismo chófer que a Lady Gaga.

Y todavía puede ser peor.

El ciclo (infinito) de la ineficiencia del Estado

Siéntete libre de no entender lo que te voy a explicar ahora, pero es importante.

Cada tarde voy con mis hijos al parque y siempre llevamos algún juguete, pero no para jugar ellos, sino para que jueguen los otros niños y así puedan jugar con los suyos.

Y es que mis hijos, como todos los humanos, se cansan enseguida de lo que tienen y, solo por novedad, prefieren lo de los demás.

A esta tendencia a cansarnos de todo los psicólogos la llaman adaptación hedónica, pero en realidad no es malo, su función es la de mantenernos en una constante búsqueda de nuevos objetivos.

La vida es como una bicicleta, solo mantienes el equilibrio si avanzas, y esta es la forma que tiene la mente de asegurarse de que avanzamos.

Si eres un poco fino habrás entendido el gran problema del funcionariado.

Un directivo de una empresa muy conocida dijo una vez:

El trabajador que piense que “ha llegado” deja de ser útil para nosotros.

Y ese es el problema.

Cuando un funcionario consigue su plaza, con todo el esfuerzo que eso supone, tiene la sensación de “haber llegado”. Cree que el premio ya está y su único objetivo ya solo es cumplir su horario, con el menor esfuerzo posible, para poder irse a su casa. Deja de avanzar, de perseguir, y pierde el equilibrio.

Que el puesto sea para toda la vida es una trampa, porque primero le roba la motivación innata de perseguir y al mismo tiempo le incentiva para no dejarlo. Es un flaco favor y una dramática condena a la mediocridad.

Disclaimer: por supuesto que hay funcionarios que logran motivarse en su trabajo, pero no habrás visto muchos.

Entiendo el argumento de los que dicen que esto es así para asegurar su independencia, pero me cuesta verlo. Parece que el remedio es peor que la enfermedad. Al menos más ineficiente.

La paradoja de la ineficiencia se completa cuando son los propios funcionarios, que no tienen ningún incentivo para hacerlo porque se quedarían sin trabajo, los encargados de mejorar la eficiencia.

¿Te imaginas que la salud dental de tus hijos dependiera del que vende las chucherías? ¿O reducir el consumo de carne de El Pozo?

Y el ciclo es infinito: A más intervención del Estado, más funcionarios y más ineficiencia.

Súmale la endogamia de los partidos políticos, de donde la gente normal huye, y te queda el panorama que conoces.

No lo verás mis ojos ni los tuyos, pero el modelo parece herido de muerte.

¿He oído revolución cripto?

Y hay más.

El dinero público (o sea el tuyo) “no es de nadie”.

En la antigua Roma tenían una forma muy peculiar de asegurarse la calidad de sus puentes que a mí me fascina.

El día de la inauguración, además de subir al puente todo el peso que fuera a tener que soportar, ordenaban al arquitecto que se pusiera debajo. Así el arquitecto estaba muy motivado para que el puente fuera un buen puente.

Lo que conseguían es que tuviera lo que Nassim Taleb llamó “skin in the game”. Cuando te juegas la piel le pones más ganas.

Hace unos años una ministra del PSOE dijo, con toda su cara, que “el dinero público no es de nadie” y es muy representativo de la gestión del Estado.

Yo vivo en un pueblo llamado Grado y puedo asegurar, porque lo he visto, que la mayoría de lo que se ha construido con dinero público en los últimos veinte años ha sido un error.

Un iluminado decidió construir una estación de autobuses a las afueras, donde nadie va a coger el bus, que costó 873.380,90€. Con haber preguntado a una sola persona si era una buena decisión nos hubiéramos ahorrado un pico.

Ahora, que el bable y lo asturiano están de moda, han construido una bolera y una pista de petanca que solo usan mis hijos para jugar (con los juguetes de otros, como los políticos).

Por supuesto nos gastamos una pasta en que todos los carteles estén en los dos idiomas: el que hablamos y el que alguien se ha inventado (sin que nadie se lo pidiera).

Por no hablar de un velódromo que han tenido que cerrar porque solo servía de botellódromo. Por lo menos esto fue barato, solo 130.000€ más IVA.

Al que lo decidió lo ponía yo a dar vueltas.

El estado no solo es ineficiente y tiene incentivos para seguir siéndolo, sino que además no tiene penalización alguna por ello.

Y de nuevo acudiendo al refranero, qué fácil es disparar con pólvora ajena.

La situación final es que confiamos en el Estado nuestro dinero para cumplir la función de tribu, pero falla estrepitosamente.

Esto es como si te vas de copas con tus colegas, ponéis un bote, y el que lo lleva se gasta la mitad en contratar asesores, el 45% en gilipolleces y el 5% en copas.

Pues en la vida real ese 5% es sanidad, dependencia y otras partidas imprescindibles para cumplir su función de tribu. El resto se tira.

Te digo esto por si me vas a argumentar que ya agradeceré los impuestos cuando tenga cáncer. Churras con merinas.

Y vamos cerrando. Si hasta ahora nada te ha sorprendido, espera a leer esto.

El Estado quiere que su ineficiencia sea contagiosa

Cuando nacieron mis hijos tuve que ir a la oficina de la Seguridad Social a gestionar mi baja de paternidad, aunque yo en realidad no quería gestionar nada.

Me senté en la mesa, previa cita, y una mujer me explicó que tenía que cogerme dos semanas de baja.

–No quiero cogerlas, gracias –le dije.

–No puedes, es obligatorio.

Le expliqué entonces que mis negocios no iban a parar aunque yo esté cambiando pañales, así que me daba igual mientras pudiera hacer facturas.

–No, no puedes hacer facturas esas dos semanas.

Terminé teniendo que modificar las fechas de las facturas para que no coincidieran en esos días y poniendo la baja a media jornada para poder facturar.

Y la tipa me dice, como haciéndome un favor,  “a ver, no puedes trabajar más de cuatro horas, pero nadie va a ir a comprobarlo”.

Era como hablar con alguien de otro mundo.

Pero la historia no acaba ahí.

Ya te dije que tengo la suerte (o la desgracia) de que mis ingresos sean muy altos, pero no así mis gastos.

Gracias a Internet, a la tecnología y a habérmelo currado mucho soy capaz de generar facturaciones altas con muy pocos gastos y sin empleados. Mi eficiencia debería ser algo positivo, pero el Estado no lo ve igual.

Como me dijo un asesor: “tus cifras no tienen sentido para Hacienda”

Hacienda, que vive en el pleistoceno de los negocios, entiende que si facturas mucho tienes que gastar mucho. Y si no ya se encargan ellos llevándote a unos tramos de IRPF que más de uno considera delincuencia.

El Estado no solo es ineficiente, sino que castiga la eficiencia. 

Bueno, no siempre.

Algo bastante gracioso es la deducción de 5550€ por gastos vitales mínimos. O sea, 462€ al mes. Ahí sí que te pide poner el modo mechero..

Y ya tenemos el modelo completo:

√ El Estado quiere microcontrolar.

√ Se convierte en una máquina ineficiente.

√ Rompe la mano invisible.

√ Incentiva su ineficiencia con puestos de por vida.

√ Penaliza la eficiencia de los demás.

Si en vez de autónomo tienes una SL la quema es casi mayor: 25% de Impuesto de Sociedades y si quieres retirar la pasta de la empresa te toca pagar dividendos.

Hace poco escuché que la mordida total es sobre un 70%. O sea que tú le cobras 100 a un cliente y 70 son “de nadie”.

A mí me parece un atropello, pero el que conduce es el que decide si lo es.

¿Y entonces? ¿Voy sacando el billete a Andorra?

La mayoría de empleados por cuenta ajena, y por supuesto los funcionarios, no tienen ni idea de la carga fiscal que implica la ineficiencia del Estado. La pagan, pero la ignoran.

Eso, unido a la tendencia a usar argumentos masticados, hace que lluevan las críticas cada vez que alguien habla de irse a Andorra o de cualquier estrategia para evitar la sangría que supone que, al menos en Asturias, cada consejerillo tenga chófer y coche oficial (eufemismo de coche pagas tú).

En mi caso estoy demasiado arraigado como para cambiar de país, pero tengo claro que el criterio ético prevalecerá ante el legal.

Es decir que, siempre que duerma tranquilo por las noches, si tengo mejores formas de gastar el dinero que en pagar chóferes de mindundis, no dudes que lo haré.

El mismo asesor que me dijo que mis cifras no tenían sentido me dio un consejo: "Si tienes que comprar un ordenador, cómprate el más caro".

Ya el colmo del sinsentido es que me voy a comprar un Mac y el dinero se va a ir a Irlanda o donde tenga Apple la empresa, que obviamente no es España.

Pero el Estado prefiere eso antes de que lo ahorre o me lo gaste, por ejemplo, en hacerme una casa. Prefiere que lo dilapide.

¿Quieres saber cuántos impuestos pagas, y cuántos pago yo?

Para intentar añadir algo de luz a la oscura estrategia impositiva del Estado he creado una herramienta que te permitirá saber cuántos impuestos pagas cada mes. Lo sabrás en euros y en otra medida "kilómetros de coche oficial"

He rascado (mucho) en el BOE en busca del número de coches oficiales, chóferes, sus sueldos y todos los costes y he calculado el coste por kilómetro de coche oficial.

Así, además en de en euros, podrás ver cuánto paseos en coche oficial salen de tu bolsillo.

Te llevará 20 segundos pero te podría enfadar 20 años.

Además, también he creado otra herramienta que te servirá para anotar tus gastos, tus ingresos, controlar si ahorras o eres como el Estado y ver, en tiempo real, los impuestos que pagas.

La primera es gratis y está al final.

Para la segunda, como además podrás ver cuántos impuestos pago yo, lo que si eres curioso y tienes una calculadora te dirá cuánto gano, es necesario que metas tu email. 

Un saludo

Álvaro

P.D. En realidad esto no es gratis, me has pagado con tu atención y, algo mejor, con la posibilidad de que metas tu email. Si lo haces, además de la herramienta de gestión de tus finanzas y el desglose de mis impuestos, recibirás varios emails con algunas otras ideas raras. En todo momento estarás a un clic de dejar de leer.

P.D. 2. 

 

    

Hay gente que tiene muy buenas ideas y gente que tiene muy buenas ideas de mierda.

Aquí está la diferencia