Hijo de la gran logse

En esta parte segunda parte tocaré más a fondo lo que ha sido mi trayectoria por el sistema educativo, cómo seguí el camino que la sociedad me marcaba, cómo desoí a mi instinto y fui avanzando con esfuerzo hasta encontrarme donde “debía” estar.

Tras la primera parte de la historia más de una persona me ha dicho que echaba de menos más detalle, bien, aquí está.

Escuela pública y soporífera

Con una madre maestra defensora de la escuela pública y viviendo en un pueblo pequeño no hubo mucha más elección. No recuerdo mi primer día de colegio, tampoco el último de universidad, pero por el medio de todo mi periplo por el sistema educativo sí que tengo muchos recuerdos, buenos, buenísimos, y menos buenos, pero todos imprescindibles para dar forma a lo que hoy soy.

Mis años de colegio tuvieron en algún curso como protagonista a alguno de esos maestros de la vieja escuela, de castigos y guantazos, pero ya eran minoría, el resto de mis profesores fue gente que hizo lo que pudo con lo que tenía y lo que sabía, que a veces no era mucho. Era lo que tocaba, poco o nada se sabía de inteligencias múltiples o métodos alternativos a principios de los 90, al menos en mi colegio.

Fueron años de larguísimos partidos en el recreo, de juegos, cromos y diversión, sólo en el patio. En las clases el primer recuerdo que me viene a la cabeza es sopor, y como nos las ingeniábamos para llevarlo lo mejor posible. Recuerdo poner los últimos cromos que tuviera en el estuche y mirarlos, durante la hora entera, tratando de evadirme de aquella clase llena de personas con aficiones e inquietudes distintas a las que se intentaba cortar por el mismo patrón, como si mi mente tratara de defender aquella agresión.

Adolescente a la fuerza

El cambio al nuevo sistema de la ESO me pilló de lleno, con las primeras hormonas floreciendo di con mis huesos en el instituto, palabras mayores, desde el primer día nos dejaron claro que aquello no era el colegio, mentes infantiles sin paracaídas llegadas de sopetón al mundo adolescente.

Lo de tragar información y vomitarla en un exámen se me daba bien, de ahí mis buenas notas y mi primer error garrafal; en mi mente, o en la de la gente que me orientó, o yo que se donde, estaba que si sacabas buenas notas tu sitio estaba en el bachillerato tecnológico, supuestamente más dificil, yo debía ser muy listo, pero en el fondo era tonto perdido.

Sólo habría que haber mirado mis notas para darse cuenta que las matemáticas y las ciencias no eran lo mío. O haberme dado un papel y un boli.

Años después me di cuenta que ya de aquella intuía que era un error, pero como tampoco tenía claro lo que sí quería, acallando mi sabiduría interior preferí escuchar a los demás, “haz este bachiller, que tiene más salidas”. Esa fue la primera vez que tomé una decisión pensando en el futuro laboral, con apenas 16 años, error antológico.

El primer curso de bachiller fue bien, uno de los pocos profesores buenos de verdad que tuve, y cosas no demasiado difíciles que, aunque no me gustaran, no me costaba sacar con notas decentes.

La cosa cambió en segundo de bachiller, al estado de locura que acompaña a la edad del pavo y aquellas asignaturas soporíferas cada vez más dificiles se unió un grupo de profesores que no aportaba demasiado. Suelo poner de ejemplo de peor de la historia a mi clase de lengua, una profesora engreída que se dedicaba la hora entera a dictar apuntes, sí, a dictar, para que los copiáramos en nuestras libretas, los engulléramos y los vomitáramos con sus mismas palabras en un exámen.

Esa no era la única profesora que pateaba sin compasión cualquier atisbo de pedagogía, allí estábamos nosotros, encerrados, con toneladas de energía, obligados a estar en silencio mientras simulábamos coger apuntes, la liberación que suponía la sirena de fin de clase nos hacía entrar en estado de frenesí, carreras, empujones o lanzamiento de sillas, daba igual, necesitábamos desahogarnos, sacar en 5 minutos toda esa energía sometida.

No quiero generalizar, seguramente haya profesores motivados que mantienen en sus alumnos la ilusión por aprender con métodos maravillosos, pero de esos he visto muy pocos.

A día de hoy lo pienso y me parece denunciable, esa manera de capar y reprimir el ímpetu y la vitalidad juvenil por la promesa de un futuro que nunca llega, luego pienso que 15 años después se sigue haciendo lo mismo y me dan ganas de ir y quemar el instituto.

Universidad y nuevo intento de la vida por hacerme despertar

Tras ese segundo año de locura en bachiller llega la selectividad, mis buenas maneras en historia e idiomas levantan mis notas de mierda en mates y física, con lo que haciendo la media de bachiller me queda una nota bastante decente, 7,4 creo recordar.

Una vez más, con sólo haber mirado mis hubiera sido suficiente, pero no, desorientado y desconectado de mis pasiones y capacidades seguí posponiendo la decisión y me matriculé en Ing. Informática, el motivo te lo puedes imaginar, “tiene muchas salidas”. Heavy, ¿no? Pues hay más.

Como era lógico aquella carrera era un infierno, un ciego lo hubiera visto, yo tenía vista, pero no tenía visión alguna. El resultado fue que en menos que canta un gallo ya sabía que aquello no era para mi, pero de alguna forma me quería engañar, y lo conseguía. Había calado tan hondo lo de estudiar para tener un trabajo, tenía tan a fuego grabada esa puta creencia que me conseguía desoír a mi mismo, culpándome de mi propio fracaso.

Pasé el año entre fiestas, riéndome de mí mismo y de la situación, por suerte no era el único que estaba pasando por lo mismo.

Vuelta la burra al trigo

Tras el primer contacto universitario, y con la amenaza de que la sociedad me etiquetara como fracasado, me encontraba de nuevo en la situación de elegir qué hacer. Igual de desconectado, sin el coraje suficiente para tomar las riendas de mi vida, desvalido de las armas para afrontar la situación y pensando que sería algo más ameno (a la par que con muchas salidas) me matriculé en Administración y dirección de empresas.

Pienso en mi en aquellos años, con semejante desorientación, y a veces me da pena, luego pienso que todo aquello me forjó e hizo despertar para traerme cosas maravillosas en el futuro y lo veo como una suerte.

Estos años de universidad fueron buenos años, a pesar de los típicos problemas de la edad, que en el momento parecen enormes, me lo pasé muy bien, la carrera no era demasiado complicada, conocí buena gente, me fui de Erasmus y aorendí bastante de la vida en general.

Cierto que a día de hoy no es algo de lo que presuma , pero no tengo mal recuerdo.

La gente suele celebrar y recordar cuando reciben el último aprobado, yo no lo recuerdo con especial alegría, sino más bien cómo quitarme un peso de encima, una losa que venía de muchos años atrás y que había oprimido mi verdadero yo durante años y años.

En ocasiones me he sentido un poco víctima, es cierto que nadie me presionó para hacer lo que hice en cada momento, nadie me puso una pistola en la cabeza, pero hay otras formas de influencia incluso más potentes, como la presión social para hacer lo que se “debe” hacer.

El sistema no valoró en ningún momento la necesidad de orientación, fuimos y somos muchos los que la estábamos pidiendo a gritos, éramos ciegos dejados a nuestra suerte con la única guía de un lejanísimo futuro laboral.

El problema ha sido que esa lejana luz que guiaba mi formación ha resultado estar mal enfocada, dejando tirados en el camino a muchos de los que nos habían dicho que por allí se iba a ese sitio al que había que ir.

También he hablado y hablo con muchos maestros, he visto lo que el sistema educativo sigue haciendo y que ahora se siga guiando a los jóvenes por el mismo camino erróneo no tiene perdón. Cuando yo iba al colegio poco o nada se sabía de inteligencia emocional o social, pero que hoy, con los conocimientos y métodos conocidos, se siga insistiendo en este sistema cruel y desfasado es una estafa con mayúsculas.

No dudo que haya que ofrecer una base cultural de conocimiento a los jóvenes, pero no desatendiendo todo tipo de verdadera educación, tenemos a los nuevas generaciones empollando información inútil mientras en el patio cosen a ostias al más débil , y de niños van para grandes…

La educación es al mismo tiempo problema y solución; a los que la hemos padecido como problema nos ha costado y costará horrores sacarnos de la cabeza todos esas creencias asquerosas del trabajo para toda la vida y recuperar la creatividad, la espontaneidad y la imaginación.

Uno de los varios motivos de este blog es ayudar a los que, como a mi me pasó, deambulan por el fango del sistema educativo, que les mantiene atrapados en un camino que no va a donde creen, y no sólo el camino está confundido, si no que durante el viaje la creatividad, sus ganas e ilusión por aprender, innatas en el ser humano, son aniquiladas. Ese peaje ese demasiado caro.

Me he puesto serio ¿no?

Pues no, no lo soy